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Editorial de Septiembre de 2003
Siete años y medio habían pasado desde que actué en solitario por última vez, ¿cómo puede pasar el tiempo tan rápido? El nacimiento de mi compañía de danza y, luego, el de mi hija supusieron dedicación plena, y estos siete años y medio han volado. Recuerdo a mi madre tratando de convencerme para que no creara la compañía de danza: ella sabe que yo me entregaría en cuerpo y alma y tendría menos tiempo para mi desarrollo personal. Intenté explicarle que no puedo hacer lo que tengo en la mente con un sólo cuerpo, que necesitaba la compañía como válvula de escape creativa. No hemos vuelto a hablar de ello.
Desde entonces, todas mis actuaciones habían sido con la compañía o con otros artistas, sin embargo, ahora necesitaba expresar mi visión y mis movimientos personalmente. Había llegado ese momento. Para esa noche, quería que el equipo y la compañía se sentaran, se relajaran y miraran. La compañía suele tener que trabajar y actuar así que esa noche quería que observara y aprendiera. Casi ninguna de mis alumnas me había visto bailar en solitario, y las que sí, me habían visto hacía más de siete años y presenciaron a una Suhaila totalmente distinta. He pasado por muchas cosas desde entonces y esto conlleva una mayor evolución del movimiento emocional. Nadie sabía lo que esperar, ni siquiera yo. Sólo sabía que quería una noche íntima, deseaba mirar a todos a los ojos. Necesitaba un teatro elegante e intimidad entre bastidores. Nadie iba a poder ir al backstage antes del espectáculo. Por eso, elegí el teatro perfecto: el Dean Lesher Theater, con sus 300 localidades y con un precioso escenario.
Para organizar el espectáculo, me reuní con Fathi, mi violinista y el director del grupo musical. Yo quería ofrecer un espectáculo tradicional de Danza del Vientre, que es muy difícil de ver en EEUU. Quería recordarle a la gente que soy bailarina de Danza Oriental antes que nada. Al ser el trabajo que hago con la compañía de danza tan innovador y moderno, la gente puede olvidar mis raíces. Nos pusimos de acuerdo con los músicos y planificamos los ensayos, que eran bastante complicados porque no deseaba que nadie viera el espectáculo antes del estreno. Dado que encontrar tiempo para estar a solas en mi escuela fue casi imposible, cancelé varios ensayos con la compañía, hice que las alumnas fueran a casa y me encerré allí.
Esconder mi vestuario fue casi tan arduo como ensayar a escondidas. Alnisa, la diseñadora del vestuario, y yo colaboramos juntas en los diseños nuevos. Quería dos vestidos completamente distintos entre sí. Estuvieron escondidos y Alnisa no aceptó sobornos de las chicas de la escuela. Todas querían saber el color de los vestidos y yo mantuve el secreto.
La semana antes del espectáculo fue intensa: impartí un taller de una semana cinco días antes, con exámenes para obtener los diplomas de los niveles I y II, justo la noche antes del espectáculo, pero estaba lista. Vendimos todas las entradas cuatro días antes del acto. ¡Ni yo pude conseguir más entradas! Estaba empezando a emocionarme.
Elegí a Rashid como única persona con la que compartir el escenario. He crecido con este hombre y mi madre nos ha formado a los dos, así que sabía que nuestros movimientos encajarían. Rashid es como un hermano para mí y, sentimientos a parte, es el mejor bailarín que jamás he visto. Deseaba que otras personas le vieran también por eso compartimos escenario. Me sentí honrada con su participación. Con nuestros esfuerzos, sabía que nuestra admiración por la danza y nuestra historia estarían presentes en la escena.
La mañana de la función transcurrió suavemente: a las 8, nuestra hija nos despertó a Andre y a mí, y se subió a la cama a acurrucarse con nosotros. Le puse unos dibujos animados y comencé mi ritual matinal. La mañana fluyó y yo me sentía como en trance. Andre y yo teníamos que ir al teatro pronto. Llevamos a mi madre y a Isabella con nosotros y allí nos encontramos con el equipo de filmación y el grupo musical.
Mi intención era que la decoración fuera sencilla: el fondo era una pantalla que se encendería combinada con la iluminación del escenario. El aspecto sería limpio y se resaltaría al sexteto, a Rashid y a mí. Sin adornos, sólo danza. El ensayo fue sobre ruedas de nada que todos los músicos llegaron. Fuimos entrada por entrada y nos aseguramos de que estaban satisfechos con el sonido: unos músicos felices hacen a una bailarina feliz. A las cinco de la tarde nos fuimos a cenar y nos preparamos para subir el telón a las ocho.
No fui a cenar porque la peluquería y el maquillaje me llevaron todo ese tiempo. Salí del paso con unos tentempiés que trajo mi madre. Nos relajamos en el camerino y nos preparamos tranquilamente, cosa que supuso una gran diferencia en mi energía. El tiempo voló: ya eran las siete y media, la hora de vestirse. Mi hija fue dándome cada pieza de vestuario. Pareció tan feliz cuando le dije que algún día todos estos vestidos serían de ella. Cuando terminé de vestirme, me miré en el espejo y sentí algo muy extraño: a través del espejo, vi a mi madre y delante, a mi hija. Mi marido entró, me besó en la mejilla y me dijo: “Haz lo que haces mejor, ¡mátalos!”. Nos reímos. Escuché al grupo musical en el camerino contiguo hablando en alto en árabe y todos a la vez, ese sonido me hizo sonreir. Recordé todos los años que pasé escuchando eso todas las noches, ¡cómo lo echo de menos! No me había dado cuenta de cuánto de eso llevaba dentro. Miré a Rashid, él me devolvió la mirada, gritamos y nos dirigimos a escena. Mi madre quiso estar entre bambalinas aunque tuviera una entrada. No creo que no quisiera que la viesen llorar. Se abrazaba a Isabella como si me estuviera abrazando a mí de pequeña, a sabiendas de que algún día yo estaré sentada donde ella está hoy. No podía mirarla mucho porque no quería que se me estropeara el maquillaje.
El grupo musical se colocó en su lugar, las luces se apagaron, el público aplaudió y la música comenzó a sonar. Mientras se abría el telón, el grupo tocaba a la vez que hacía una pequeña reverencia. Los músicos comenzaron con Elf Leyla Wa Leyla, la siguiente pieza era la mía… Empezó a sonar Sit El Housen y mi cuerpo se llenó de amor por esta danza… ¡Vamos allá!
Cuando sonó la última nota, aún podía sentir la plenitud en mi cuerpo. Había terminado y no me quedaba un ápice de emoción. Había entregado sinceramente el corazón y el alma en esta actuación: nunca había bailado como en aquella noche. Eran los últimos siete años y medio de mi desarrollo como mujer, madre, esposa, profesora, directora y productora los que estuvieron presentes en aquel escenario. Finalmente, había crecido. Efectivamente, pongo en práctica lo que enseño, mi actuación fue una ofrenda de todos mis conocimientos y mi experiencia y, a cambio, tuve la oportunidad de compartirlo. El público se puso rápidamente en pie y creo que no había ni un solo par de ojos sin lágrimas en aquel teatro. Le cedí pletóricamente el escenario a mi hija, como si le pasara el legado Salimpour, para que bailara la última pieza.
Al día siguiente, Fathi me llamó para comprobar si seguía viva. Repasamos toda la función y hablamos sobre todo en lo que vamos a mejorar la próxima vez. Mi última pregunta fue: “¿Cuál es tu impresión general?”, y él contestó: “Es agradable ver que hay justicia en este mundo después de todo lo que trabajaste”.
Traducido por Juana Larena
juanalarena@hotmail.com
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